Resumen: Con una cifra estimada de 84 billones de dólares que se transferirán entre generaciones de aquí a 2045, este artículo sostiene que los indicadores tradicionales utilizados para medir el éxito del patrimonio familiar —la preservación del patrimonio, la rentabilidad de las inversiones y la optimización fiscal— son fundamentalmente insuficientes.
El problema fundamental: aproximadamente el 90 % de las familias acaudaladas pierden su patrimonio antes de llegar a la tercera generación, y los principales culpables no son las malas inversiones. Son los problemas de comunicación, la falta de preparación de los herederos y la ausencia de un objetivo común. En resumen, el problema no es el dinero, sino el sentido.
Para abordar esta cuestión, los autores presentan los «Indicadores de Prosperidad» (FPI, por sus siglas en inglés), un marco extraído del Estudio Global sobre la Prosperidad —descrito como el estudio longitudinal de ciencias sociales sobre la prosperidad humana más ambicioso jamás realizado—. El marco propone seis indicadores clave que las familias deberían tener en cuenta, además de los financieros: Psicológico (bienestar mental y emocional), Físico (salud y bienestar), Propósito (sentido y orientación), Principios (carácter y valores), Relaciones (vínculos y sentido de pertenencia) y Prosperidad (estabilidad financiera y material).
El artículo critica lo que denomina la «falsa seguridad de los indicadores financieros», y señala que, más allá de un determinado umbral, disponer de más dinero no se corresponde con una mayor felicidad —y, en muchos casos, se corresponde con una menor felicidad—. La riqueza heredada, en particular, puede generar ansiedad, parálisis y alienación entre los miembros más jóvenes de la familia.
Un caso práctico ilustra esta brecha: un empresario de segunda generación que creó una «family office» con gran éxito financiero, pero que vio cómo su familia se fracturaba silenciosamente —los hijos se distanciaban, se creaban fundaciones rivales— porque el éxito nunca se definió más allá del balance.
Los autores también señalan que la palabra «riqueza» tiene su origen en raíces anglosajonas que significaban «bienestar», y abogan por volver a vincular el capital financiero con formas más profundas —el capital espiritual, social, intelectual y humano— que rara vez se abordan en los debates sobre el legado.
En definitiva, el artículo anima a las familias y a sus asesores a redefinir el concepto de éxito, preguntándose no solo «¿Han crecido los activos?», sino también «¿Estamos prosperando como familia?», y ofrece los FPI como una guía práctica para lograrlo.
HG#20 - Indicadores de rendimiento próspero - Dowell, Pascut y Lee - R2